Pío XII y el gran silencio
El cristianismo la había estado preparando al perseguirles por su religión;
el fascismo les perseguiría por su raza. Los papas, con toda su crueldad, al
menos trataron de convertirlos; Hitler, con su remiso aliado, Mussolini, planeó
exterminarlos.
Pese a sus grandes diferencias, las similitudes entre los decretos de Inocencio
III y Pablo IV, de un lado, y las leyes de Nuremberg de 1935, por otro, están
fuera de toda discusión. Los cristianos habían tachado a los judíos de parias,
de contaminar la tierra, de perpetrar como raza el mayor crimen jamás conocido
por el hombre, es decir, matar a Dios. Los cristianos fueron los que concibieron
la idea de desposeer a los judíos de sus hogares, sus tierras y cementerios,
forzándoles a emigrar, y al confinamiento. Cuando los nazis dieron el nombre
de «guetos» a los sectores donde estaban establecidos los judíos, de forma deliberada
buscaban establecer una continuidad entre su política y la de los papas y conferirle
cierta respetabilidad.
Pío XI, que falleció en 1939, era consciente de que Jesús, María y José eran
judíos. Se opuso al descarnado racismo germánico y escribió una encíclica antifascista
que, con su muerte, quedó sin publicar. Su sucesor fue más prudente.
Eugenio Pacelli, Pío XII, nacido en 1876, pertenecía a una estirpe patricia.
Debido a su delicada salud, hizo los estudios eclesiásticos en su casa. Ordenado
en 1899, fue inmediatamente adscrito a la Secretaría de Estado del Vaticano.
Dieciséis años después, fue consagrado obispo, sin haber tenido ocasión de pasar
un solo día de experiencia pastoral. Nació y fue educado para burócrata.
Su abuelo, Marcantonio, había sido abogado canonista seglar especializado en
los trabajos de la Rota romana. Su padre, Filippo, también canonista, fue decano
del Colegio de Abogados Consistorial y gozó de tal reputación que fue el único seglar que intervino en la confección del código
de Derecho Canónico que entró en vigencia en 1918. Eugenio, jurisconsulto siguiendo
la tradición familiar, fue la mano derecha del cardenal Gasparri que tenía en
mente renovar el código orientando esta labor en cada una de sus fases.
Hacia finales de la primera guerra mundial, Pacelli era nuncio en Munich. Después
de la guerra fue transferido a Berlín donde pudo vivir la aparición de los camisas
pardas. En 1929 fue requerido de nuevo a Roma, siendo promocionado a cardenal
y Secretario de Estado. Le acompañó la hermana Pascualina, religiosa franciscana
alemana, que era su ama de llaves.
Pese a haber visto al nazismo en plena actividad, siempre temió más al comunismo.
El cardenal Pacelli se convirtió en papa el 2 de marzo de 1939. Tenía sesenta
y tres años de edad. Reservado, distante, inexpresivo salvo cuando reaccionaba
a las aclamaciones de la multitud, sus ojos eran de un frágil color castaño;
de perfil, sus facciones eran aquilinas.
Cuando Mussolini comenzó a presionar a la comunidad judía. Pío iniciaría su
costumbre de no decir nada. El 4 de junio de 1940, Italia entró en guerra al
lado de Hitler. Hacia finales de 1941, las tres cuartas partes de los judíos
italianos habían perdido sus medios de existencia. Esta situación fue posible
gracias a la que muchos, católicos incluidos, consideraron la más lamentable
de las encíclicas papales, más terrible que la Cum nimis absurdum de Pablo IV.
Una encíclica nunca escrita.
De forma sistemática, en toda Italia y en el Reich, los judíos eran víctimas
de atropellos y, en muchos casos, ejecutados. El Vaticano no dijo ni una palabra
de condena de forma inequívoca. Este silencio era peor que una herejía según
muchos comentarios. Habitualmente tan rápidos para corregir y condenar la más
pequeña desviación de fe, cualquier «error» sobre la moralidad sexual, por ejemplo,
los labios de Roma se mantuvieron firmes y acabaron por mostrarse permanentemente
cerrados.
Mucho antes de finales de 1942, la exterminación masiva de los judíos era de
público conocimiento. El uno de julio, la BBC emitió por radio en francés las
cifras de las matanzas de judíos polacos, que alcanzaban los setecientos mil.
Una semana después, el cardenal Hinsley de Westminster reiteró esta cifra por
la BBC, añadiendo: «Esta sangre inocente clama venganza». Aquel verano, la Francia
de Vichy demostró una gran ansiedad por deportar niños judíos, incluso antes
de que los nazis de la zona ocupada estuvieran preparados para recibirlos. Desde
el 21 de julio al 9 de septiembre, un pediatra cifró en cinco mil quinientos
los niños que cruzaron Drancy camino de la muerte. Más de mil tenían menos de
seis años. Los padres ya habían sido deportados. Nombraron guardianes judíos
para ocultar el hecho de que eran huérfanos. George Wellers, abogado parisiense,
fue uno de dichos guardianes. Wellers describió el campo de tránsito cercano
a París en su libro Drancy. Los niños, de los que seis de su contingente tenían
menos de dos años, eran «como un atemorizado rebaño de corderos». La descripción
que facilita sobre sus condiciones es abrumadora. Niños pequeños que desconocían
su propio nombre esperaban en los pasillos que un adulto los acompañara al lavabo,
tumbados sobre sus propios excrementos debido a la diarrea, llorando continuamente
durante la noche.
El 17 de agosto, quinientos treinta niños con unos cuantos
acompañantes adultos fueron encerrados en vagones para ganado. El calor y el
hedor eran repulsivos. Dos días después se encontraban en Auschwitz y, por la
noche, ya estaban muertos. Justo después de este episodio, un médico de las
SS del campo confió a su diario: «Comparado con lo que he visto, el Infierno
de Dante parece una cuasicomedia». El infierno de Hitler consumiría un millón
de niños.
El 5 de agosto, el nuncio en París, Valerio Valeri, había informado al cardenal
Secretario de Estado en Roma que los niños deportados fuera de Francia eran
conducidos a Polonia, no a Alemania. Siete semanas más tarde, Myron C. Taylor,
el embajador norteamericano, facilitó detalles al mismo cardenal Secretario
de Estado, Maglione, sobre los exterminios masivos de judíos polacos y de países
occidentales en Polonia.
Las jerarquías francesas ejercieron lo que puede describirse como una protesta
platónica cerca del gobierno de Vichy. Laval diría a Suhard, cardenal de París,
que debería mantenerse al margen de la política y guardar silencio como Su Santidad.
Pero, en enero de 1941, viajó a Roma donde sería recibido en audiencia por Pío
XII. Había traído consigo buenas noticias, una contribución financiera de Petain
a la Iglesia. No se habló de los judíos;
En aquellos días, los masivos exterminios de judíos eran ya tema de dominio
público. Un mes antes de que Suhard fuera a Roma, el 5 de diciembre de 1942,
el arzobispo de Canterbury escribió en The Times: «Es —comentó— un horror que
va más allá de lo que la imaginación puede concebir». Manifestó en su nombre,
en el de la Iglesia de Inglaterra y de las Iglesias libres «su vehemente indignación
por esa atrocidad, de la que no puede encontrarse paralelismos en las épocas
más bárbaras». Sólo existía una persona en el mundo cuyo testimonio podía hacer
temer a Hitler, ya que había muchos católicos en su ejército. Esa persona no
pronunció palabra. Ante lo que Winston Churchill calificaría como «probablemente
el mayor y más horrible crimen jamás cometido en toda la historia del mundo»,
prefirió mantenerse neutral.
En el verano de 1943, Mussolini fue destituido; en septiembre del mismo año,
los alemanes ocuparon Roma. Llegó un destacamento de las SS. Exigieron cincuenta
kilos de oro a la comunidad judía. Si antes de treinta y seis horas no habían
pagado, doscientos judíos serían deportados. Pío XII se ofreció a pagar lo que
fuera necesario. A pesar de ello, nadie se libró.
En octubre, un batallón de tropas aerotransportadas, armado con metralletas,
se estacionó a lo largo de los límites del Vaticano. Se hallaban ahí para proteger
a Su Santidad, pero en verdad se trataba de intimidarle. Parece que lo consiguieron.
No le preocupaba su propia seguridad, pero, acertada o equivocadamente, se sumió
en un silencio todavía más profundo, temiendo que si lo rompía agravaría la
situación de los judíos.
La noche del 15 al 16 de octubre, los judíos se hallaban en sus hogares observando
el descanso sabático. Unos mil fueron cercados y sorprendidos, entre ellos mujeres
embarazadas y ancianos. Una de las mujeres que se llevaron se encontraba con
dolores de parto. Entre los que condujeron a la Academia Militar también había
un matrimonio con diez hijos. Durante la primera noche, dos mujeres dieron a
luz. Dos días después, el lunes 18 de octubre, más de mil personas, todos los
judíos que se encontraban en la Academia, fueron trasladadas a una vía de ferrocarril
secundaria y encerradas en vagones para ganado. El tren se puso en marcha a
las dos y cinco del mediodía en dirección norte, a través de Orte, Chiusi, Florencia,
Bolonia y cruzó la frontera con Alemania. Iban directamente a Auschwitz.
El obispo Hurdal, cabeza de la Iglesia alemana en Roma, advirtiendo que el secuestro
de judíos en Roma se hallaba en su momento culminante, informó al comandante
alemán que esos arrestos debían concluir. De otro modo, el papa «se vería en
la obligación de hacer una declaración abierta que sería utilizada por la propaganda
antialemana como un arma contra nosotros». El embajador alemán también estaba
profundamente preocupado. Los judíos, informó a Berlín, están siendo arrestados
prácticamente bajo las ventanas del propio papa. El papa, como muchos obispos
franceses, no tendrían otra alternativa que protestar contra la política alemana.
Estos temores carecieron de fundamento. Pío XII no dijo absolutamente nada.
Cuando el diplomático norteamericano Haroíd Tittman fue recibido en audiencia
tres días después, el papa no mencionó para nada a los judíos. Su preocupación
eran las pequeñas células comunistas esparcidas en torno de Roma.
Los nazis estaban asombrados; no podían creer en su buena suerte. Les alentó
a llevar a cabo medidas similares en Florencia, Venecia, Ferrara, Genova y Fiume.
En el curso de seis semanas, diez mil judíos fueron apresados y conducidos a
Auschwitz donde 7.550 perecieron. Los italianos asilaron cuantos judíos pudieron.
Esta práctica era bastante sencilla, ya que los judíos no se diferencian demasiado
de los gentiles italianos. Alentados por la Santa Sede, iglesias, conventos
y monasterios participaron en esta actividad. Unos cuantos judíos encontraron
refugio en el Vaticano.
En diciembre de 1943, los judíos fueron oficialmente desposeídos de la nacionalidad
italiana. En una de estas operaciones, fueron capturados 650 judíos romanos,
en otra 244. Había 70 judíos entre los 335 rehenes muertos en las cuevas Ardeatinas
en marzo de 1944. Esta cifra representaba la ejecución de diez rehenes por cada
uno de los miembros de la policía alemana herido o muerto por la Resistencia
en emboscadas, más cinco víctimas añadidas casi por error.
Entre los primeros rehenes muertos de un tiro en la nuca se hallaba Dominico
Rici, funcionario de treinta y un años de edad, padre de cinco niños. Más tarde,
se encontró en su bolsillo una nota escrita a vuela pluma y en letras de imprenta:
«Muy querido Dios, rogamos para que puedas proteger a los judíos de las bárbaras
persecuciones. Un Padrenuestro, diez Avemarias, un Gloriapatri». Con Rici murieron
seis judíos llamados Di Consiglio: tres hermanos, el padre, el abuelo y un tío.
Robert Katz escribió en su libro Death in Rome:
No se necesitaba un milagro para salvar a las 335 personas condenadas a
morir en las cuevas Ardeatinas. Existía una persona que podía, que debía y debe
tenerse en cuenta por no haber actuado como mínimo para demorar la matanza alemana.
Era el papa Pío XII.
El papa sabía por Dollman, jefe de las SS en Roma, y por intermedio del salvadoriano
alemán padre Pancracio, que iba a tener lugar una gran matanza. Aun así, los
sentimientos del papa eran confusos. Creía que el hecho de que la Resistencia
atacara a las fuerzas alemanas era un crimen injustificable por cuanto no había
mediado provocación. El día de la matanza se hallaba en audiencia con los cardenales
del Santo Oficio y los de la Congregación de Ritos, y se preparaba para los
ejercicios de Cuaresma.
La matanza no fue divulgada por la radio independiente del Vaticano.
Si al menos el papa se hubiese arriesgado a ser arrestado por llevar la estrella
de David, o hubiera hablado, sólo una vez, para decir al pueblo judío que no
se hallaba solo en su agonía...
A gran distancia, uno de los líderes del levantamiento polaco se lamentaba por
el silencio de todos los líderes mundiales. Para él, resultaba «pasmoso y horrible».
Su mensaje fue el siguiente: «El mundo guarda silencio, el mundo lo sabe, no
es posible que lo ignore, pero el mundo se mantiene en silencio. El representante
de Dios en el Vaticano calla».
El horror romano concluyó el 5 de junio de 1944, cuando los aliados liberaron
la ciudad. El sacerdote castrense sacó los precintos de las puertas de la gran
sinagoga. Los judíos volvían a ser libres. Surgieron de sus escondites para
descubrir que faltaban más de dos mil miembros de su comunidad.
En 1946, Cecil Roth expresó su sincera gratitud a la Iglesia por la ayuda que
demostró a su pueblo durante la guerra. «De este modo, en el siglo XX, el gran
error que significó el gueto italiano fue expiado.» Pinchas E. Lapide alabó
a Pío XII por su gran labor silenciosa entre bastidores. Muchos observadores
fueron menos caritativos. Para éstos, la cuestión era la siguiente: ¿por qué
el papa no alzó la voz?
Sus defensores dicen que quería preservar la neutralidad del Vaticano como mediador;
temía imponer una carga intolerable sobre la conciencia de los católicos alemanes.
Sus críticos replican: ¿cabe alguna neutralidad entre la justicia y tan tremendo
perjuicio? Por otra parte, ¿qué decir de la responsabilidad de los judíos a
los que los alemanes, católicos y no católicos, estaban exterminando por millones?
El retrato que hace Hochhuth de Pío XII en su pieza teatral The Representative,
como una suerte de supercapitalista que sólo teme que sus valores y acciones
se desvaloricen, es ridicula. Probablemente, Pío jamás pensó en posesiones materiales
en el transcurso de su existencia. Hochhuth se aproximó mucho más al centro
de la cuestión cuando pregunta:
«¿Cómo, en la llamada Europa cristiana, pudo ocurrir el asesinato de un pueblo
entero sin que la más alta autoridad moral sobre esta tierra dijese una palabra
sobre ello?».
También hay opiniones divergentes en el mismo Vaticano. Después de la guerra.
Pablo VI defendería al que en su día fuera su superior diciendo que el haber
protestado ante los alemanes por las atrocidades «no solamente hubiese sido
fútil, sino perjudicial». Por contra, el cardenal Tisserant, más tarde decano
del Colegio Cardenalicio, diría durante la guerra:
Temo que la historia reproche a la Santa Sede por haber practicado una política
de conveniencia egoísta y muy poco más. Ello es extremadamente triste, en particular
para aquellos [de nosotros] que vivieron bajo Pío XII. Todos [en Roma] confían
en que, tras declarar a Roma ciudad abierta, los miembros de la curia no sufrirán
ningún daño; esto es una desventura.
Los días en que se deponían a los gobernantes habían pasado desde hacía tiempo.
A católicos como Hitler y Goebbels no les hubiera preocupado ser excomulgados,
ni hubiesen detenido las persecuciones contra los judíos porque el papa se lo
hubiera solicitado. Pero algunos se preguntaron: ¿No podría Su Santidad que,
en 1950, declaró de modo infalible que una judía subió a los cielos en cuerpo
y alma, haber dicho en 1942 que su raza no tenía que ser aniquilada por el hecho
de ser judía? ¿Qué le impidió, tal como le insinuara el cardenal Tisserant,
declarar públicamente que los católicos no pueden participar en las muertes
masivas, o que existen ocasiones en que los líderes legítimos deben ser desobedecidos
a cualquier precio?
La única explicación satisfactoria al silencio de Pío XII parece encontrarse
en que, ante todo y principalmente, él era católico; católico antes que cristiano
o ser humano, aun siendo como era un excelente cristiano y una persona sumamente
caritativa. Su admirador judío, Lapide, escribió: «Un sencillo edicto papal,
indicando a los cristianos que la ley judía que Cristo enseñó a sus discípulos
—"Ama a tu prójimo como a ti mismo"— ha de aplicarse también a los judíos, hubiese
sido mucho más efectivo que largas listas de prohibiciones y restricciones.
Pero nunca se emitió una instrucción tan sencilla desde Roma».
¡Ay, si Pío XII hubiese puesto tanto empeño en proteger a los judíos como Pio
IX lo puso en los Estados Pontificios! |