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LIBRO VIGÉSIMO TERCERO CAPÍTULO PRIMERO Irritados los lacedemonios por la matanza de muchos de sus conciudadanos en Compasium, y creyendo que con este acto desafiaba Filopemen el poder e insultaba la majestad de la República romana, despacharon a Roma embajadores para quejarse de este pretor y de su gobierno. Marco Lépido, que era entonces cónsul y fue después gran sacerdote, escribió a los aqueos, en vista de lo que los embajadores le manifestaron, quejándose de la conducta observada con los lacedemonios. Filopemen envió al mismo tiempo a Roma como embajador a Nicomedes de Elea. CAPÍTULO II Concertada la paz con Antíoco, los agitadores desesperaron de poder renovar y embrollar los asuntos, y el gobierno beocio cambió de aspecto. Veintiséis años hacía que se hallaban sin fallar los litigios entre los ciudadanos, y corrió en las ciudades la noticia de que se iban a sentenciar. Siendo, como siempre, más los pobres que los ricos, disputábase mucho sobre la oportunidad de esta determinación, cuando por casualidad se produjo un suceso que favoreció mucho a los que defendían lo más equitativo. CAPÍTULO III He aquí la razón. Mientras los diez comisarios ordenaban los asuntos de Asia, fueron Teetetes y Filofrón a solicitar de parte de los rodios que en recompensas de su adhesión a los romanos y de la solicitud con que les habían ayudado en la guerra contra Antíoco, se les diera soberanía sobre Licia y Caria. Al mismo tiempo suplicaban Hiparco y Satiro, en nombre de los ilianos, que en consideración a sus lazos con los licios se perdonaran a éstos las faltas cometidas. Los comisarios escucharon ambas partes, y para contentar en lo posible a los dos pueblos, no determinaron nada riguroso contra los ilianos, y concedieron la Licia a los rodios. Origen fue esto de sensible guerra entre licios y rodios. De una parte los ilianos recorrían las ciudades de Licia proclamando que ellos eran los que habían aplacado en su favor a los romanos, y que a ellos les debían la libertad. De otra Teetetes y Filofrón manifestaban a los rodios que los romanos les habían concedido Licia y Caria hasta el Meandro. Creyéndose libres los licios, despacharon representantes a los rodios, proponiendo una alianza entre ambos pueblos, y los rodios creyéndose señores comisionaron a algunos ciudadanos para arreglar los asuntos de las dos provincias que les habían dado. Esta diferencia de opiniones demostraba que no todos sabían el verdadero estado del asunto; pero cuando los licios hicieron a los rodios su proposición en Consejo, y Potión, uno de los pritanos o senadores de los rodios, les hizo ver lo absurdo de su ofrecimiento, estalló el antagonismo, porque los licios protestaron de que a pesar de lo que pudiera suceder, jamás se someterían ni obedecerían a los rodios. CAPÍTULO IV En la CXLVIII olimpíada llegan a Roma embajadores de Filipo y de los pueblos limítrofes de Macedonia.- Decretos del Senado relativos a estas embajadas. CAPÍTULO V En este tiempo despachó el rey Eumeno embajadores a Roma para dar a conocer las violentas exacciones de Filipo en las ciudades de Tracia. Asimismo fueron de los maronitas desterrados, acusando o este príncipe de haber sido causa de su destierro. Los atamanienses, los perrebianos y los tesalianos enviaron representantes para pedir la devolución de las ciudades que Filipo les había arrebatado durante la guerra con Antíoco. Finalmente, el mismo rey designó también embajadores para que le defendieran de las acusaciones de que fuera objeto. Después de largos debates que tuvieron entre sí todos estos representantes, ordenó el Senado despachar embajadores a Macedonia para examinar todo lo concerniente a Filipo y servir de salvaguardia a cuantos desearan quejarse de este príncipe. Fueron escogidos para esta embajada Quinto Cecilio, Marco Bebio y Tiberio Sempronio. CAPÍTULO VI Tratemos ahora de los asuntos del Peloponeso. Ya hemos mencionado que durante el gobierno de Filopemen despacharon los aqueos embajadores a Roma para arreglar los de Lacedemonia, y al rey Ptolomeo para renovar la alianza que antes tuvieron con él. Elegido pretor Aristene, que sucedió a Filopemen, fueron recibidos en Megalópolis, donde se efectuaba entonces el Consejo de los aqueos embajadores de Eumeno, que ofrecieron a la República ciento veinte talentos, cuyos intereses se destinarían a sueldos u honorarios de los que formaban el Consejo público. También llegaron otros representantes de Seleuco, que, en nombre de su señor, prometieron diez barcos armados en guerra, solicitando que se renovase la antigua alianza con Antíoco. Reunido el Consejo, el primero que entró fue Nicomedes de Elea, relatando lo que manifestó ante el Senado romano acerca del asunto de Lacedemonia y lo que le contestaron. Se dedujo de la respuesta que el Senado no se hallaba satisfecho ni de la destrucción del gobierno de Esparta, ni de que hubieran sido demolidas las murallas de esta ciudad, ni de la matanza de Compasium, pero que no desautorizaba nada de lo realizado; y como nadie hablase en pro o en contra de las contestaciones del Senado, se pasó a otro asunto. Dióse en seguida audiencia a los embajadores de Eumeno, que, después de renovar la alianza existente antes con Attalo, padre de Eumeno, y de ofrecer el donativo de los ciento veinte talentos que hacía Eumeno, alabaron mucho la benevolencia y amistad de su señor a los aqueos. Cuando concluyeron su discurso se puso en pie el sicioniano Apolonio, y dijo que el regalo ofrecido por el rey de Pérgamo era, considerado en sí mismo, digno de los aqueos; pero atendiendo al fin que Eumeno se proponía y al provecho que esperaba sacar de su liberalidad, no podía aceptarlo la República sin cubrirse de infamia y sin cometer el crimen más enorme; que de este último inconveniente no cabía duda, pues la ley prohibía a todo particular, fuese del pueblo o magistrado, recibir algo de un rey bajo cualquier pretexto, y la trasgresión sería mucho más criminal si la República, por medio de su Gobierno, aceptase los ofrecimientos de Eumeno; que la infamia resultaba evidente, pues nada tan vergonzoso para el Consejo como recibir de un rey el sueldo u honorario anual, y no reunirse para deliberar sobre los negocios públicos sino después de haberse embriagado, por decirlo así, en la mesa del príncipe; que esto perjudicaría grandemente los asuntos de la patria; que después de Eumeno, no dejaría Prusias de ofrecer idénticos regalos, y después de Prusias, Seleuco; que el interés de los reyes era muy distinto al de las repúblicas, refiriéndose casi siempre las deliberaciones más importantes en éstas a conflictos con los reyes, para lo cual ocurriría una de dos cosas: o que los aqueos favorecerían a estos príncipes con perjuicio de la nación, o cometerían negra ingratitud con sus bienhechores. Terminó, pues, exhortando a los aqueos, no sólo a rehusar el ofrecimiento, sino a detestar a Eumeno por la invención de este medio para corromperles. Después de Apolonio habló el egineta Cassandro, y convenció a los aqueos de que sus conciudadanos cayeron en el infortunio en que se hallaban por vivir sujetos a sus leyes. Hemos visto, efectivamente, que Publio Sulpicio fue a Egina y vendió todos habitantes, y que los etolios, en virtud de un tratado efectuado con los romanos, dueños de esta ciudad, la entregaron a Attalo por la suma de treinta talentos. De esto dedujo Cassandro que en vez de comprar Eumeno por cantidad en metálico la amistad de los aqueos, tenía en su mano, devolviendo a Egina, el medio de captarse la benevolencia de toda la nación. Aconsejó en seguida a los aqueos no dejarse seducir por los ofrecimientos de Eumeno, porque si tenían la debilidad de aceptarlos perderían los eginetas para siempre la esperanza de recobrar la libertad. Tan grande fue la impresión de estos dos discursos en la multitud, que nadie osó defender al rey de Pérgamo, rechazando todos a gritos la proposición a pesar de lo deslumbradora que era la suma ofrecida. CAPÍTULO VII Al regresar a Roma, Cecilio dio cuenta al Senado de cuanto le había ocurrido en Grecia. Se ordenó entraran en seguida los embajadores de Macedonia y del Peloponeso, siendo los primeros en presentarse ante el Senado los de Filipo y de Eumeno, y luego los desterrados de Enum y de Maronea, que repitieron lo manifestado antes por Celio en Tesalónica. Oyóles el Senado, y juzgó que convenía despachar nuevos embajadores a Filipo para ver sobre el terreno si se había retirado, según prometió a Cecilio, de las ciudades de la Perrebia, y para ordenarle que evacuasen a Enum y Maronea y cuantos castillos, tierras y pueblos ocupaba en la costa marítima de Tracia. Fue escuchado después Apolonidas, embajador que enviaron los aqueos para justificar por qué no hicieron lo que Cecilio pedía e informar al Senado de todo lo relativo a Lacedemonia, cuya República envió también por representantes a Area y Alcibíades, dos antiguos desterrados devueltos a su patria por Filopemen y los aqueos. Ingratos ambos al gran beneficio recibido, encargáronse de la odiosa misión de acusar a quienes les salvaron y devolvieron a sus hogares, y esta ingratitud fue lo que más irritó a los aqueos. Probó Apolonidas que no era posible arreglar mejor que lo habían efectuado Filopemen y los aqueos los asuntos de Lacedemonia. Area y Alcibíades procuraron por su parte demostrar que, expulsados los habitantes de Lacedemonia, todas las fuerzas de la ciudad se hallaban agotadas; que reducidos a corto número sus pobladores y derruidas las murallas, no se podía vivir allí seguro; que había perdido su antigua libertad, y no sólo estaba sometida a los decretos públicos de los aqueos, sino obligada a obedecer a sus pretores. Comparó y pesó el Senado las razones de unos y otros, y designó embajador a Apio Claudio, dándole instrucciones para arreglar este negocio y los demás de Grecia. Defendió después Apolonidas a los aqueos del crimen que se les imputaba por no haber convocado los comicios cuando lo pidió Cecilio, diciendo que no eran responsables, porque la ley les prohibía reunirse, salvo el caso de alianza o guerra, o presentación de cartas del Senado; que los magistrados hicieron bien en deliberar si debía reunirse el Consejo de la nación, y no se equivocaron al negarlo, puesto que Cecilio no llevaba cartas del Senado romano y tampoco quiso ordenarlo por escrito. No dejó Cecilio esta defensa sin réplica, censurando a Filopemen, a Licortas y a los aqueos en general por el rigor con que habían tratado a los lacedemonios. El Senado respondió a los embajadores aqueos que enviaría representantes para que sobre el terreno examinaran las cosas de cerca, y les recomendó tuvieran con estos comisionados los miramientos que él dispensaba a los embajadores de los aqueos. CAPÍTULO VIII Al conocer Filipo por sus embajadores que regresaron de Roma la orden de que resueltamente abandonara las ciudades de Tracia, le enfureció la idea de que por todas partes estrecharan su dominación, y descargó la rabia en los habitantes de Maronea. Con el gobernador de Tracia, Onomasto, que por su orden fue a verle, concertó la proyectada venganza. Había vivido Cassandro largo tiempo en esta ciudad, donde era muy conocido, pues acostumbraba Filipo a enviar sus cortesanos a las ciudades para que se habituaran a verles en ellas. De este Cassandro se valió Onomasto para llevar a cabo la bárbara orden del rey, por virtud de la cual penetró de noche en la ciudad un cuerpo de soldados tracios, atacando a los habitantes y asesinando a gran número de ellos. Vengado así Filipo de los que no eran partidarios suyos, y persuadido de que nadie se atrevería a acusarle, aguardó tranquilamente la llegada de los representantes romanos. Poco tiempo después llegó, efectivamente, Apio; informóse de lo hecho con los maronitas, y censuró duramente al rey de Macedonia, quien negó haber tenido parte en la matanza, atribuyéndola a un motín popular. «Unos, manifestó, eran partidarios de Eumeno, otros míos, y enardecidos los ánimos, se han asesinado unos a otros.» Llevó su confianza hasta el extremo de ordenar que condujeran ante él a quien deseara acusarle; pero ¿quién se hubiera atrevido, estando el castigo tan próximo y tan lejos el socorro que podía esperar de Roma? «Inútiles son, dijo Apio, tus excusas; sé lo ocurrido y quién es el autor.» Esta frase alarmó mucho a Filipo; mas no pasaron de aquí las cosas en la primera entrevista. Al día siguiente le ordenó Apio que enviara inmediatamente a Roma a Onomasto y Cassandro para que el Senado les interrogara sobre el suceso. Al oír esta orden, palideció Filipo, vaciló y titubeó largo rato antes de contestar. Por fin, manifestó que enviaría a Cassandro, autor de la matanza, según creían los comisarios de Roma; pero se empeñó obstinadamente en tener a su lado a Onomasto, asegurando que ni estaba en Maronea ni siquiera en las proximidades cuando ocurrió la sangrienta tragedia. La causa de este empeño era el recelo de que un hombre de su completa confianza como Onomasto, a quien nada había ocultado, denunciara ante el Senado todos sus secretos. Respecto a Cassandro, cuando salieron los comisarios de Macedonia, le hizo embarcar; pero envió tras él gentes que le envenenaron en el Epiro. Se fueron los comisarios muy convencidos de que Filipo había ordenado la matanza de Maronea y de que preparaba una ruptura con los romanos. El rey, que no disimulaba su odio a Roma y el deseo de vengarse, reflexionó a solas y con sus amigos Apeles y Filocles sobre si acudiría inmediatamente a las armas, declarando la guerra a los romanos; pero no estando hechos los preparativos precisos, imaginó, como recurso para ganar tiempo, enviar a su hijo Demetrio a Roma, donde había estado largo tiempo en rehenes y era muy querido, considerándole el más a propósito para defenderle ante el Senado de las acusaciones que le dirigieran o excusar las faltas cometidas. Dispuso, pues, lo necesario para esta embajada, y avisó a los amigos que deseaba acompañasen al príncipe. Al mismo tiempo prometió auxilio a los bizantinos, no porque le interesara defenderlos, sino porque al ir en su socorro aterrorizaría a los reyezuelos de Tracia, que reinaban en las inmediaciones de Propóntida, y les impediría ser obstáculo a su propósito belicoso contra Roma. CAPÍTULO IX Ocurría en la isla de Creta que, mientras Cidatos, hijo de Anticalco, desempeñaba el cargo de primer magistrado en Gortina, los gortinianos, procurando por todos los medios disminuir el poder de los cnossienos y limitar su dominación, entregaron a los rancianos, Licastión, y a los lictianos Diatonión. Por entonces llegaron a Creta con Apio los comisionados enviados de Roma para arreglar las cuestiones en esta isla, y tras largos debates estuvieron de acuerdo los cretenses en tomarles por árbitros. Dieron los comisarios a los cnossienos la posesión de su antiguo territorio, y ordenaron a los cidoniatas recobrar los rehenes que habían dejado en Carmión y salir de Falasarnes sin llevarse nada de lo que pertenecía a los habitantes. Dejáronles asimismo en libertad de formar o no parte del Consejo público, según lo estimaran conveniente, siempre que en el futuro no traspasaran los límites de su dominio. Igual permiso concedieron a los falasarnianos desterrados de la ciudad por haber muerto a Menoctinos, uno de sus más ilustres conciudadanos. CAPÍTULO X Cuando este príncipe puso sitio a Licópolis, los magnates de Egipto se amedrentaron y rindieron a discreción. El rey se portó mal con ellos, procurándose así muchas desgracias. Acaeció algo semejante a lo ocurrido cuando Polícrates derrotó a los rebeldes, porque Atinis, Pausiras, Quesufo e Irobasto, únicos que quedaron de todos los señores, cediendo a las circunstancias, fueron a Saïn para rendirse a Ptolomeo; pero faltando este príncipe a las seguridades que había prometido, les arrastró desnudos y atados a los carros y les condenó después a muerte. Desde allí fue a Neucrates, donde recibió un cuerpo de mercenarios que había reclutado Aristónico en Grecia, y se embarcó de regreso a Alejandría sin acometer ninguna empresa belicosa, aunque entonces tenía veinticinco años. Ésta fue la consecuencia de los malos consejos de Polícrates. CAPÍTULO XI Era un eunuco de Ptolomeo, rey de Egipto, educado junto a él desde su niñez y de poca mayor edad. Puso de manifiesto sentimientos más nobles y elevados de los propios en gente de esta clase. Naturalmente aficionado a la guerra, se aplicaba mucho a estudiarla, amable en sociedad, conducíase con raro talento, sabiendo simpatizar con todos los caracteres, y a estas buenas cualidades añadía la de gustarle agradar a los demás. CAPÍTULO XII Por varias razones merece esta reina que la demos a conocer a la posteridad. Era natural de Cizico; la escogió Attalo entre el pueblo y compartió con ella el trono. Hasta su muerte ocupó esta suprema dignidad, conservando el cariño de su esposo no por caricias y frívolas zalamerías, sino por su carácter prudente, grave, modesto y probo. Madre de cuatro príncipes, tuvo para ellos, hasta la hora postrera, inalterable ternura, y sobrevivió bastante a Attalo. Lo que más honró a dos de sus hijos fue el respeto con que la recibieron en Cizico, colocándola entre ambos, cogiéndola cada uno de una mano y conduciéndola civilmente a los templos y a otros lugares de la ciudad. Todo el pueblo miraba con admiración a los jóvenes príncipes, recordando, al verles, a Clovis y Bitón, y estimando superior al de éstos el acto de los hijos de Attalo, que unían a igual cariño el brillo de su ilustre nacimiento. Este encantador acontecimiento se verificó en Cizico, después de la paz con Prusias. CAPÍTULO XIII Se hallaba Filopemen en desacuerdo con Arcón, pretor de los aqueos, acerca de un determinado asunto; pero se le vio acceder poco a poco a las ideas de éste y aprovechar con habilidad todas las ocasiones para tributarle grandes alabanzas. Presenciaba yo esto, sin agradarme el propósito de hacer daño con el exceso de elogios. Llegado a edad más madura, menos apruebo este proceder. La disposición de ánimo que nos inclina a la prudencia es muy distinta de la que nos induce a obrar mal, diferenciándose tanto como un hombre hábil de un hombre malo. En una palabra, lo primero es lo mejor, y lo segundo lo peor del mundo. Mas la locura de nuestro siglo crece tan rápidamente, que en verdad dudo encuentre mi opinión muchos partidarios, siendo poco probable que exista quien la apruebe y menos quien la imite. |
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